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El Ekeko o Equeco

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El ekeko, dios lar de los aimaras, versión indígena del mercader ambulante o mercachifle del virreinato, quien según la creencia popular lleva el bienestar y la felicidad por donde quiera que va, reina aún en la tierra del lago donde apareció para regalar fortuna a los hombres y a los pueblos.
Usado como talismán el panzudo hombrecillo, menudo como un duende, de pies que calzan botas de siete leguas, de pupilas que dialogan distancias y boca que se abre en un grito milenario, ha logrado sobrevivir a los siglos, acumulando sobre su grotesca y rústica figura la fe de quienes creen que es mensajero de la suerte.
Su talla que varía de los quince hasta los treinta centímetros, su vestimenta andina, su piel tostada por el frío sideral, sus brazos de chacra capaces de contener el firmamento, se han hecho famosos en la meseta colla donde este dios tiene sus dominios.
El ekeko es una creación nativa, aunque el personaje representado sea español.
Los campesinos llegaron al extremo de atribuirle poderes de fecundidad. Omnipotente, el ekeko propiciaba también el amor y los habitantes del altiplano colgaban el ídolo en sus collares o en sus trenzas como un amuleto contra la desdicha y la infidelidad de sus enamorados.
En cada solsticio de verano se celebraba su fiesta y la gente del altiplano se acostumbraron a adquirir para su adorno, ofrendas diminutas llamadas alacitas, hechas en arcilla, madera, plata, oro, lana, hueso, que compraban usando como una moneda una piedrecilla blanca, pulida y plana.

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Altiplano
Su imposición fue muy lenta pero caló muy hondo en el espíritu aimara. Los misioneros que descubrieron su existencia.
El culto del ekeko apareció en el siglo XVII y al principio se mantuvo en secreto. En La Paz, Bolivia, los indígenas introdujeron a su dios de contrabando, escondido en sus qepes o atados y lo mostraron públicamente por primera vez durante la misa que mandaron hacer los fundadores de la ciudad, con el bachiller don Juan Rodríguez.
Ese día se vendieron las minúsculas obras de artesanía que comenzaron a hacerse para los ekekos y hubo representaciones en público, corridas de toros y danzas. Por la noche los jóvenes se disfrazaron de zarandajas y se pusieron sombreros de cartón, caretas de yeso y barbas de chivo, aprovechando el bullicio para robar a sus amadas. El ekeko, dios del amor, los protegía.
Los raptos se repitieron durante varios años en la fiesta de fundación hasta que ésta fue prohibida por servir de pretexto para esta costumbre de relajamiento.
En 1781, dice M. Rigoberto Paredes, la restableció don Sebastián Seguróla, gobernador intendente del Alto Perú, en homenaje a la Virgen de la Paz que lo había ayudado a vencer una rebelión de indios, cobrando nuevo auge el ekeko que venía a ser su trasfondo pagano. Desde entonces, se repite cada 24 de enero y tiene como principal atracción la feria de las alacitas donde se venden los dijes y miniaturas del diosecillo.
En Puno esta feria se realiza en distintas fechas. En la misma ciudad coincide con la fiesta de la Cruz o Cruz Velakuy, el 3 de mayo. En llave es el 6 de enero, en la parroquia de San Miguel, y el 4 de diciembre, en la de Santa Bárbara. En Juli se lleva a cabo el 4 de diciembre como un anticipo de la Navidad.
En su mayoría los ekekos son traídos de Bolivia, donde hay barrios especializados en su hechura, pero también los hacen en Puno donde son conocidos desde hace trescientos años.
El ekeko lleva innumerables vituallas, en tal profusión que sólo aparece su cabeza cubierta con un chullo o gorra de lana. De su cuello y sus brazos abiertos cuelgan quintales en miniatura de arroz, azúcar, harina, coca, chancacas, velas, sartenes, segadoras, escobas, cigarrillos de todas las marcas, casas, fósforos, licores, jabones, herramientas de labranza que son a veces más pequeñas que un dedal y hasta una calavera para ahuyentar a los ladrones. Y es tan seguro el abuelo que también carga su catre, su banquillo y su coicón.
El ekeko, dios ambulante de la buena suerte, del amor, de la abundancia, multiplica las ofrendas que le hacen. Personaje mágico de la árida estepa del altiplano forma parte de su vida, pertenece a su paisaje y sus caminos.

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El Ekeko
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